
Como se van juntando las historias de las vidas, entre un grupo de personas, un número que se parece al tres o al cuatro. Las vidas que se juntan y se mezclan y cuando viene la separación, queda sangre.
Es lo que pienso cuando pienso en que he sido testigo de ciertos eventos que nadie más pudo ver y no solo con los ojos. Y a quién le importa. Escucho a Incubus. Y no sé por qué lo comparo con una mañana en la playa donde las olas al salpicar te mojan
Pienso que dentro de todo me gusta mi anonimato. El hecho de perseguir metas y metas, te puede dar satisfacciones si no sabes vivir en el presente. Pero si sabes, entonces, quién mierda puede entender todo lo que ocurre en tan solo un par de horas en la vida anónima de tu nombre?
Me gusta eso… de que escribas un blog y te ignoren igual. Las personas que quieres están ahí, sin revisar el correo, sin responder a tu ilusión infantil de compartir una emoción al ver un video en youtube. Pero te quieren igual. Y cuando me junto con Carlos a tomar cafés, a interrogarlo con mi curiosidad insaciable, salen palabras que me hacen amar ese minuto, y sus ojos sinceros. Es el mismo lugar, café N’aitún. Alberto, ¿estuviste ahí? Cuando fui por primera vez al lanzamiento de un libro que nadie recuerda el nombre salvo el autor. Era el taller de poesía, había unos estudiantes embriagados, conversando sobre la muerte de Teillier… Esteban mirando mi silencio, tratando de deducirlo, y nadie sabía que en realidad lo que pensaba era en mi cigarro consumiéndose y todo lo que me gustó ver las velas sobre las mesas iluminando todo a medias.
La historia será consumada cuando yo pueda al fin sumergirme entre esas aguas que ansío, hablando ese idioma que sé hablar pero sin voz. Aún.

